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Termina esta década y continúan aumentando los casos de enfermedades crónico-degenerativas, a pesar de las iniciativas y recursos empleados para combatirlas. La Diabetes Mellitus es hoy la primer causa de muerte en la población mayor de 40 años en México;

además, se suman a esta problemática los trastornos cardiovasculares, el cáncer y el sobrepeso infantil. Aunque estas enfermedades obedecen a varios factores, tienen uno en común: la forma de alimentarse.

 

Sabemos que es necesario emprender cambios en este sentido, pero, en la práctica el asunto puede resultar complicado. Nuestros hábitos de alimentación familiar son producto, en parte, de los patrones de consumo aprendidos en la niñez. Es frecuente escuchar, que el niño rechaza las papillas de verdura cuando los padres no acostumbran consumirlas.

Además de ello, es una realidad que los cambios en nuestro estilo de vida dificultan hábitos alimentarios saludables, como son la falta de tiempo para la selección y preparación de los alimentos, así como la gran disponibilidad de alimentos altos en calorías a bajo costo.

La forma en la que nos conectamos con el alimento durante nuestra infancia influye en nuestros hijos.

Puede ser que los momentos agradables de nuestra niñez tuvieran más que ver con la alimentación que con otras actividades, de manera que, haremos lo posible por agradar y demostrarles nuestro cariño a todos en la familia con los alimentos que preparamos, y más aún, si no podemos pasar tiempo suficiente con ellos.

Por el contrario, otros hemos crecido en un ambiente en el cual pasamos restricciones en la alimentación, por lo que evitamos que nuestros hijos vivan una circunstancia similar, poniendo a su alcance todo lo que pueda antojárseles.

O bien, si nuestros padres fueron estrictos consigo mismos en relación a su imagen, es probable que hayan tenido esta expectativa también hacia nosotros y ésta sea la razón por la que estamos muy pendientes del peso y la dieta de nuestros hijos, repitiendo el modelo.

Pasos para la modificación de hábitos.

Para que los objetivos puedan convertirse en hábitos, resulta imprescindible que la razón de estos cambios sea entendida por todos en la familia.

En primer lugar, es conveniente realizar un análisis sobre los hábitos de alimentación de la familia para identificar dónde se pueden hacer cambios:


¿Planea las comidas y snacks de su familia?
• ¿Desayunan?
• ¿Tienen un lugar y horario para comer?
• ¿Comen en familia mínimo una vez al día?
• ¿Incluyen verduras y frutas en su dieta?
• ¿Los alimentos son generalmente preparados en casa?
• ¿Las porciones de alimentos que se consumen son adecuadas según la edad de cada miembro de la familia?
• ¿Evita utilizar los alimentos como premio o castigo?

Escoja uno de los hábitos anteriores en los que obtuvo respuesta negativa, para que sea su objetivo de la semana. Escríbalo para poder revisar en qué medida se ha cumplido. Tenga en cuenta que sus propósitos deben ajustarse lo más posible a su vida cotidiana.

Los cambios se van a llevar a cabo de manera gradual con metas realistas. Si su familia no acostumbra desayunar, puede iniciar ofreciendo una pequeña porción de fruta y, posteriormente, agregar más alimentos al desayuno conforme los vayan tolerando.

Cambiar es menos complicado de lo que parece cuando estamos convencidos de que es lo que necesitamos. No se trata de comer a la perfección, ni de restringirse siempre o abandonar la práctica mañana sólo porque hoy nos sentimos incapaces de lograrlo.

Para facilitar la tarea, propongo un ejemplo de la forma en la que podemos emprender un nuevo hábito. Por ejemplo, iniciar o aumentar el consumo de verduras:

a) Ofrézcalas en preparaciones diferentes, sin presionar para que las consuman. Ayuda mucho si se involucra a los niños desde la selección de las verduras en el súper y, así mismo, que participen en la preparación de las mismas. Es muy probable que ellos quieran probar y compartir sus platillos.

b) Sea constante y recuerde que, para que un alimento considerado desagradable pueda ser aceptado, debe ofrecerse hasta 15 veces.

c) No negocie el postre por las verduras, porque solamente reforzará el rechazo a las mismas.

La alimentación debe ser variada y moderada, de modo que el niño aprenda a autorregularse y pueda, desde pequeño, tomar decisiones asertivas con respecto a lo que realmente necesita comer. Ayúdeles a identificar cómo se sienten y no a controlar lo que sienten con los alimentos.

Lograr mejores hábitos alimentarios implica tiempo y paciencia, pero el esfuerzo será de gran beneficio para toda la familia.

En nuestro número de enero, continuaremos hablando sobre este tema.

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